Alfonso Callejero: ¿Pero es del país tu vecino?

callejero abril

Artículo de opinión de Alfonso Callejero sobre los canticos de «musulmán el que no bote» en el partido de fútbol entre España y Egipto

“Pero es del país tu vecino” La frase me la lanzaron, casi escupiéndola, con una urgente necesidad de obtener un “Sí”, como respuesta, para alivio de la persona que me hablaba esta semana atrás. Todo porque le explicaba una banal anécdota sobre la zona donde vivo. Como si tener un acento u otro, fuera motivo para que un estigma desapareciera.

Y yo, que sigo sin acostumbrarme a estos comentarios, después de escucharlos una y otra vez, como un mantra entre dientes, me volvió a provocar esa incomodidad que me acompaña desde el primer día.

Porque esta frase, lejos de ser inofensiva, esconde todo un cúmulo de prejuicios enquistados en un ideario social. Los cuales implican que hay una sospecha según sea el acento o apellido de un vecino, de un compañero de trabajo o de gimnasio. Y que para “ser de aquí” puede que no baste vivir, trabajar, ser un buen ciudadano y que te aguanten el ascensor mientras llegas cargado. Puede que tengas que hacer méritos extras, que a “uno de aquí” no se le exigen y por su apellido le vienen otorgados, aunque nos cierre el ascensor en nuestras narices.

Y esto me volvió a la mente, cuando estaba viendo el partido de nuestra selección contra Egipto y un grupo de filósofos carpetovetónicos de TikTok coreaban “musulmán el que no bote” o pitaron el himno de Egipto, como acto racista contra un colectivo que reside, vive y trabaja en España. 

Esto tiene, una particular, ironía cuando tenemos la suerte de contar entre las filas de nuestro combinado nacional con uno de los mejores futbolistas, que ojalá nos de muchos títulos, Lamine Yamal, que es musulmán.

Lo cual me lleva a la reflexión, que antes comentaba, que no vale con “copiar las costumbres de aquí” y así poder ser un “buen vecino” si no que te dejan claro estas pitadas y gestos reprobables que nunca vas a ser “español”; marques el gol de la final del Mundial o aguantes la puerta del ascensor a la vecina que llega cargada. 

Me gustaría pensar que lo de Cornellà y mi conversación son dos brotes espontáneos, pero son la consecuencia de años cultivando odio, esparciendo bulos a golpe de Tiktok y meme de WhatsApp. Culpando a los migrantes de todos los problemas y convirtiéndolos en el chivo expiatorio, deshumanizándolos y criminalizándolos sin consecuencias para los que los difunden y les ríen las gracias en la barra del bar o el grupo de WhatsApp. 

Luego llegan los matices, si eran cuatro los que lo hicieron y no representan a la sociedad. Si se dicen cosas peores en los estadios y no pasa nada. Pero detrás de esos gritos, tenemos los que nos gorgojean al oído; “vienen a quitarnos el trabajo”, “quieren imponer su cultura”, “en el cole solo hay extranjeros” o “nos invaden”. Y así acabamos normalizando que comentarios racistas se cuelen en el debate, sin que nos sorprendan, sin encontrar una oposición radical de la sociedad y acabamos convirtiéndolo en una opinión más.

El racismo no es solo el insulto, es también el comentario “inocente”, es tener que demostrar constantemente que “mereces estar aquí, porque te has integrado”. Aunque quepa el riesgo que un día te vuelvan a ver solo por tu acento o tu color de la piel y seas “ese extranjero”.

En consecuencia para este grupo de ululadores, Lamine Yamal nunca será plenamente español; su nacionalidad será un accidente y siempre será musulmán antes que compatriota. Del mismo modo que ese vecino mío seguirá siendo un extranjero al que mirar con recelo. Porque “musulmán el que no bote” es la versión explícita y grupal de mi “vecino del país” y ambas tienen el mismo veneno.

Artículo de opinión. Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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